EL ESCRITOR
                      
                                                                                    
Gemma Demarcos.  Alfaz del Pi, Noviembre 2007

    

Hace unos días, el director de la revista para la que trabajo, me mandó que fuera a entrevistar, al último ganador del premio de novela más importante de nuestro país. Hoy he quedado con él en su casa a las veinte horas y para allí me dirijo.

Acabo de llegar a la casa de D. Fermín López Acosta. Vive en un barrio obrero a las afueras de Zamora, y la casa, como el barrio, es sencilla y antigua. Me abre la puerta una señora, que supongo, es su esposa y muy amablemente me hace pasar.
La casa, sorprendentemente, esta amueblada con muy buen gusto. Me guía hasta una habitación amplia y luminosa cuyas paredes están cubiertas de estantes y estos, llenos de libros. Una biblioteca, diría yo. En el centro de la habitación hay un escritorio antiguo, de madera de roble, amplio y macizo, detrás una silla ergonómica que desentona con el resto, así como el ordenador de última generación.

La señora López me invita a sentarme en un sofá Chester, que hay en uno de los lados, delante de la ventana. También me ofrece refrescos, café o té, mientras espero que llegue su marido y se disculpa por él. La señora López, es una mujer agradable, guapa, sin ser espectacular, tendrá unos cuarenta o cuarenta y cinco años y viste sencillamente, pero con un toque elegante y sofisticado. Yo diría que la decoración ha salido de sus manos. Lleva en ellas un anillo de amatistas, además del de casada, precioso y unos zapatos de marca, que pueden ser Mascaro o Dior, que no casan con el resto del atuendo, pero que le dan ese toque…

Le acepto un café y me siento a esperar al señor López Acosta. Me trae el café, casi inmediatamente, en una bandeja que deposita en una mesita baja, de hierro y madera que hay delante del sofá. Se disculpa por tener que dejarme sola. Sonrío y le digo que no me importa, es verdad, pues así me dará tiempo de repasar la entrevista en mi mente y tendré a punto las preguntas.

Me sirvo un café, solo y sin azúcar, como me gusta. En la bandeja hay dos tazas de porcelana fina, azucarero y lechera haciendo juego con las tazas y dos jarritas-termo, una con café, caliente y oloroso, y otra con leche caliente. También hay un recipiente pequeño, de plata, con una cucharilla diminuta, lleno de pastillas de sacarina y un plato, del juego de las tazas, unos mantecados con forma de estrella. Todo muy delicado, como la casa, con el toque justo de modernidad.

A los veinte minutos de haberse ido la señora López, se presenta su esposo, D. Fermín López Acosta. Es un hombre bajo, debe medir un metro, sesenta y cinco centímetros, pues es como yo, fuerte, sin ser grueso, con poco pelo, con una cara cuadrada y una sonrisa agradable. Cuando me da la mano, la noto fuerte y áspera, de trabajador manual. Me invita a sentarme y él se sienta a mi lado.

-  Siento mucho el retraso e imagino que mi esposa se habrá disculpado en mi nombre. Cuando se tiene un negocio propio, acaba siendo uno, un poco su esclavo.

-  No se preocupe, su esposa me ha tratado muy bien.

-  ¿Me permite que me sirva un café, antes de empezar la entrevista? ¿Quiere usted otro?

-  No gracias, pero usted tómese lo que quiera, no tengo prisa.

-  Hay mucha gente que a esta hora, ya no toman café, pues les desvela, pero a mi no me pasa eso, lo puedo tomar hasta un minuto antes de irme a la cama y duermo como un lirón.

-  A mi tampoco me desvela.

-  Bueno señora…, perdóneme, no recuerdo su nombre.

-  Me llamo Amelia Benide

-  Bien señora Benide, cuando quiera empezamos.

-  Señor López, no se sabe mucho de usted en el mundo editorial, mas bien, no se sabe nada ¿es esta su primera novela?

-  No, esta es la primera novela que sale a la luz pero tengo escritas veinticinco o treinta.

-  Sorprendente, ¿y esta és la primera vez que presenta una obra suya a un premio?

-  Verá, yo no la he presentado. Mi mujer lo hizo. Estaba harta de que yo escribiera y escribiera y no mandara nada a una editorial, así que, cuando vió que esta, que es la ultima que he escrito, encajaba con las bases de la convocatoria, la presentó con seudónimo.

-  ¿Usted no lo supo?

-  No, hasta que me concedieron el premio, no sabía nada.

-  Y ¿Qué le parece?

-  Pues… ¿Cómo ha de parecerme? Muy bien. Pero no era esa mi finalidad cuando la escribí

-  ¿Entonces, porque escribe?

-  Por necesidad. Como se lo explicaría…Llevo escribiendo desde que tengo memoria. Antes de saber escribir, y aprendí muy pronto, inventaba historias en mi cabeza con forma de cuentos, imitando a los que me leía mi padre al irme a dormir. Y allí los fui guardando hasta que supe escribir y los pude poner sobre papel.

-  Es increíble. ¿Se acordaba de todos los cuentos que había imaginado?

-  Sí, de todos.

-  ¿Y los conserva?

-  Sí, conservo todo lo que he escrito. ¿Ve esas estanterías llenas de archivadores? -  Me señalaba la pared de la derecha-   allí esta todo.

Toda la pared de la derecha estaba repleta de archivadores, de color rojo, que llegaban del suelo hasta, casi, el techo. Este hombre, pensé, es una “maquina” de escribir.

-  ¿Y nunca ha intentado publicar algo?

-  No, realmente no me interesa publicar nada. Vera, señora Benide, para mi escribir es un acto privado, como ducharse o defecar, algo que no se debe hacer en público. Algo que el escritor enseña o deja leer a personas muy allegadas, a las que quiere mucho y ante las cuales no siente vergüenza. Dígame ¿a quien dejaría usted entrar en su cuarto de baño, estando usted dentro y haciendo uso de el? ¿A su esposo? ¿A sus hijos? ¿Tal vez, a sus hermanos? ¿A su madre? ¿Quizá, a una amiga muy íntima? Seguro que no dejaba entrar al primero que pasara por la calle, o a todas esas personas que hay en unos grandes almacenes.

-  Es un punto de vista muy curioso. Desde esa óptica tiene su lógica lo que dice.

-  Compréndame, yo no necesito escribir para comer, más bien, como para poder escribir. Tengo un negocio de fontanería, que heredé de mi padre, y me va muy bien, gano lo suficiente para vivir como quiero.

-  Dígame ¿después de los cuentos que escribió?

-  A partir de los diez o doce años me dió por las historietas, lo que hoy llamamos comic, pero no soy buen dibujante, y no tenia gracia escribir los “bocadillos” de unos monigotes espantosos. Luego, en la adolescencia, me dió por la poesía, y tengo escritas odas, cuartetas, romances, sonetos y todo lo que se pueda imaginar. Lo probé todo, y me cansé al cabo de un tiempo. Con los versos podía expresar sentimientos pero me era muy difícil contar historias. Así que probé con los ensayos, en la época que estudiaba Ética y Filosofía y tampoco me dejaban contar historias.

-  Parece que eso es lo que ha buscado siempre, contar historias.

-  Sí, tengo la mente llena de historias. Cualquier palabra, escena, objeto o situación, me evoca una historia, así que me pongo a escribir y sale sola, sin esfuerzo.

-  ¿Jamás ha tenido una falta de inspiración? Lo que llaman, tener la mente en blanco o en negro según otros escritores.

-  Nunca. A veces me gustaría quedarme así, para descansar, para dejar de fabricar historias.

-  ¿Después de que dejara el ensayo, que pasó?

-  Pues que descubrí la novela y eso fue mi salvación. Allí podía contar toda clase de historias, de todos los géneros. Basadas en hechos reales o totalmente fantásticas. En fin, fue una bendición.

-  Y ahora que le han dado este premio tan importante. ¿Qué piensa hacer? Tendrá a todas las editoriales llamando a su puerta día y noche.

-  Pienso desaparecer. Lo he hablado con mi esposa y le parece bien. Ella nunca supuso que me darían el premio. Cuando envió la novela lo hizo para que alguien, fuera de la familia, lo leyera. Ella es mi primera admiradora. Le gusta todo lo que escribo y siempre dice que mis novelas harían felices a mucha gente y que es un egoísmo por mi parte, no editarlas.

-  ¿No cree que puede tener razón? Parece que si todas sus novelas son como esta, a la que le han dado el premio, son muy buenas. No es normal que este galardón tan importante se lo den a un autor desconocido y con la primera novela que presenta.

-  Jamás pensé que tuvieran ningún valor, ni que le interesara a nadie leerla y menos comprarlas. Pero eso es lo que me dice constantemente mi esposa.

-  ¿A dónde piensa ir?

-  Lo siento, pero no se lo diré. No quiero que me encuentren. Por lo menos hasta que decida que haré de ahora en adelante. Este premio me ha cambiado la vida y todavía no se, si para bien o para mal.

-  ¿Irá a recogerlo?

-  No, no quiero que me conozcan. Irá mi esposa. Y la suya, señora Benide, será la única entrevista que conceda. Por eso le pedí que viniera sin fotógrafo.

-  ¿Por qué a mí?

-  Pues vera, por teléfono me pareció joven y educada, y, además, fue la primera que me llamó.

-  Me alegro de haber llegado en primer lugar. Creo que ésta, de todas las entrevistas que he hecho, y son bastantes, aunque usted me vea joven, es la mas gratificante de todas.

-  Muchas gracias por su amabilidad. Espero que se haga famosa por sus entrevistas, vale para ello.

-  Gracias a usted. Espero que se esconda muy bien, si ese es su deseo. Pero me gustaría hacerle un ruego.

-  Dígame señora Benide.

-  Le voy a dejar mi tarjeta y si algún día piensa aparecer en el “mundo”, le agradecería que me concediera la primicia de su aparición y, por supuesto, una nueva entrevista para explicar por qué.

-  Lo haré señora Benide, lo haré. Si decido aparecer, será usted la primera en enterarse y tendrá su exclusiva.

-  Gracias señor López. Aunque sea egoísta, espero verle de nuevo.

-  Yo espero que no volvamos a vernos, pero nunca se sabe.


Nos dimos la mano en la puerta de su casa, hasta donde me había acompañado y me fui pensando, cómo es posible que en este pais donde se escriben y editan tantos libros prescindibles, cuando aparece un escritor valioso no quiera darse a conocer.

Hasta en eso somos diferentes.

 
hojas de libro