IRA

 

 

 

                                                                                    Gemma Demarcos.  Madrid, 21 de marzo de 2008

 

 

 

 

Se acabó. Por fin ha pasado. ¡Qué mal me siento después! Tendría que hacer algo pero… ¿Qué, que se puede hacer? Tendría que saber dominarme. ¡Y no sé como hacerlo!

 

Llevo toda la vida así y cada vez van a peor. Ya me lo decía mi madre, “niña, contén ese genio que te va a traer muchos problemas”. ¡Qué razón tenía! Me ha traído más problemas de los que puedo recordar.

 

Si echo la vista atrás, de pequeña, día sí y día también, me ganaba unos azotazos. Cuando no era porque había tirado un plato, o un vaso, o una fuente, o lo que pillara por medio, al suelo y lo había destrozado, era porque le había pegado a mi hermano mayor, con lo primero que había encontrado, unas veces era un cojín, lo que no acarreaba consecuencias, y otras era el palo de la escoba. ¡Cuantas brechas lleva en su cabeza y cicatrices en su cuerpo por mi culpa! Él nunca me tocaba a mí, se protegía como podía o salía huyendo.

Me contaba mi madre una anécdota, de la primera vez que hizo su aparición en mí. Lo contaba riendo pues entonces les hizo a todos mucha gracia. No sabían lo que les esperaba. Pues bien, parece ser que yo no tenía ni dos años, andaba malamente y apenas hablaba. Mi hermano mayor, que me lleva cuatro años, por chincharme, me había cogido un conejito de peluche que yo quería mucho y llevaba a todas partes, contaba mi madre, que se lo pedí de todas las maneras posibles, llore, patalee, y no hubo forma. Mi madre, que estaba en la cocina, me vió pasar muy decidida hacia el armario de las escobas, por curiosidad me dejó hacer, así que abrí el armario y cogí una escoba. Me dirigía con ella, que era bastante más grande que yo, y muy difícil de manejar para una niña tan pequeña, hacia el cuarto de mi hermano, cuando mi madre, que ya se había dado cuenta de cuales eran mis intenciones, se puso delante:

 

-¿Dónde piensas ir con eso Laura?

-A pebar a Pepito.

-¿Por qué?

-Ponque me ha titado mi tonejo.

-No te atreverás.

La cara roja, los ojos desorbitados y dando con el pie en el suelo, me revolví contra mi madre.

-Pos me atevo…, pos me atevo…, y si no te moves te pebare a ti.

 

 

Contaba, que le costó Dios y ayuda quitarme la escoba y contener la risa. Ese fue el principio de todo, el principio de mi mal. En el colegio, durante la infancia, estos episodios continuaron. Llegué a conocer el despacho del director como el salón de mi casa.

 

En esa época aun no había aprendido a detectar las señales del inicio del ataque, cuando es más fácil desactivarlo, y la pobre profesora no daba abasto a cortarlos de raíz. Tanto es así que cambiaba de colegio muy a menudo. Hasta que mis padres me llevaron a uno de monjas y di con la hermana Teresa, que me cogió el tranquillo enseguida y alternando los castigos con la comprensión, me enseño a controlar, más o menos, los incidentes que se me presentaban, a detectar las señales de su inicio y a ser capaz de manejarlos.

 

Durante la adolescencia ya era una experta y podía relacionarme con los compañeros e incluso tener amigos. Fui a la universidad, estudie Física y tan solo tuve una recaída en esos años, fue un incidente serio que acabo con mis huesos en una celda. Sucedió un día que conducía mi viejo coche, heredado de mi hermano Pepe, por una carretera secundaria. Un tractor invadió la carretera saliendo, sin mirar, de un camino de tierra que parecía el acceso a una granja. Frene y gire el volante tan bruscamente que el coche quedo empotrado en una valla de piedra que bordeaba la granja. Empecé a sentir los prolegómenos del ataque, la adrenalina se me disparo, la sangre se me subió a la cabeza creándome una presión insoportable, las venas de mis sienes y de mi cuello estaban hinchadas y latían con fuerza, respiraba entrecortadamente. Intentaba calmarme y por eso no quería bajarme del coche. Todo hubiera ido bien y yo podría haberme controlado, si el conductor del tractor no se hubiera acercado a mi coche gritando.

 

-¿Se puede saber qué hace, casi me da?

 

Abrí la puerta del coche con tanta fuerza que le empujé y cayó de espaldas. Salí hecha un basilisco y sin poder, ya, dominarme. Casi no podía hablar, las palabras se me agolpaban en la garganta pero mi boca, rígida y con un rictus forzado, no podía articularlas.

 

-¡Tú… no ves… lo que… has…, lo que has…!

 

El hombre me miraba horrorizado desde el suelo.

 

-Lo siento, lo siento…

 

Me acerqué a él y cogíendole de la pechera le puse de pié.

 

-No… espere… se lo pagaré… de verdad, se lo pagaré.

 

El pobre no sabía qué hacer, en su vida había visto a una mujer haciendo lo que yo hacía y no sabia como reaccionar.

 

 Lo malo es que a mí ya no se me podía parar, no pensaba claramente y solo veía una nube roja delante de mis ojos, así que mientras le sujetaba con una mano, con la otra le di un puñetazo en la nariz que empezó a sangrar. La vista de la sangre me bajo la tensión y le solté. Pero no había acabado todo, dándome la vuelta me dirigí hacia el tractor, según iba andando me agaché y cogí una piedra grande, que se había desprendido de la valla, con ella llegué hasta el tractor y comencé a golpearlo por todas partes. En eso estaba cuando oí una voz perentoria que me saco de mi obnubilación.

 

-¡Pare, pare señorita, ¿se puede saber qué hace?! ¿Es que no me oye? ¡He dicho que pare!

 

Por fin pude parar, por fin la voz llego a mi cerebro y volví a ser dueña de mis actos. Me volví y allí estaba el dueño de la voz. Un policía de un coche patrulla. Solté la piedra y me dirigí a él.

 

-Lo siento agente, pero casi me mato por culpa de este hombre.

-¿Alguien puede explicarme que ha pasado aquí?

 

El conductor del tractor, que sujetaba un pañuelo empapado de sangre sobre su nariz, se acercó al agente señalándome con el dedo.

 

-Ella, ha sido ella la que me ha hecho esto, me ha dado un puñetazo.

 

El agente miraba al hombre con incredulidad.

 

-¿Quiere decir que la señorita le ha pegado?

-Exactamente.

 

Lo decía con voz gangosa, al tener tapada la nariz con su mano.

 

-¿Y usted que tiene que decir?

 

El agente se dirigía a mí que, gracias a Dios, me calmaba por momentos.

 

-Este hombre salió con su tractor de ese camino, sin mirar, justo cuando pasaba yo y tuve que dar tal volantazo, para no tragármelo, que me choqué contra la valla. Y mire como ha quedado mi coche.

 

-Pero… ¿Por qué le pegó?

-No lo se muy bien… se vino hacía mí gritando… y yo debía estar un poco conmocionada por el golpe. No tengo muy claro que pasó.

-Pues cuando yo llegué usted le estaba pegando al tractor con una piedra.

-¿Sí? No me daba cuenta de lo que hacía.

 

El hombre se revolvía.

 

-Esta loca. ¿Y ahora quien me paga los desperfectos del tractor?

 

Salté yo.

 

-Y a mí ¿Quién me paga el arreglo del coche?

-Veo que los tendré que llevar a comisaría para que se aclare todo.

 

El agente quitó el tractor del medio del camino para dejarlo libre y los tres fuimos a comisaría.

 

A mí el juez me dejó en el calabozo hasta ver la gravedad de las lesiones del conductor del tractor, pues me había puesto una denuncia por el puñetazo. Yo a mi vez, le denuncié por haber salido a la carretera sin mirar y haber causado el accidente. Al final los daños en los vehículos los cubrió la aseguradora del conductor del tractor. El juez, en vista de que la lesión de la nariz no había sido importante, me puso una pequeña multa y unas horas de trabajo para la comunidad y me dejó marchar, recomendándome que controlara mi mal genio.

 

En total me pasé dos días en el calabozo que me sirvieron para recapitular y ver de cerca lo que podía haber pasado de no llegar el agente a tiempo. No sé, en el estado que estaba, como hubiera acabado todo. 

 

 Acabé los estudios sin mas incidentes y conseguí un trabajo de mi gusto, en el que me pasaba todo el día en un laboratorio de ensayos, casi siempre sola, y donde estaba tan enfrascada en mis experimentos y tenía tan poco trato con otras personas que no había lugar para  los accesos de ira.

 

Por esas fechas conocí al que seria mi marido, Peter. Era un abogado de moda que se dedicaba a los divorcios de personas famosas. No sé que vio en mí. Quizá que era la antitesis de sus clientas y que estaba mas que harto de todas ellas, pero le venía muy bien su dinero y jamás se le habría ocurrido abandonarlas aunque se pasara el día echando pestes contra ellas.

 

Pasamos tres años estupendos, hasta el día que en un arrebato, se le ocurrió darme un par de bofetones. Tan sorprendida me dejó que no supe reaccionar y él se marcho pensando que yo era una sumisa esposa y que podría hacer conmigo lo que quisiera. ¡Craso error el suyo!

 

Pasó otro año en el que pareció que la agresión había sido una cosa puntual y no tendría mayor trascendencia. Por supuesto yo le había perdonado pero no lo había olvidado.

 

Un día, Peter llegó muy enfadado, había perdido el último pleito en un divorcio muy conflictivo donde estaba en juego muchísimo dinero. Llego bufando como un toro enjaulado.

 

-¡Hola cariño! –Le mire y tenia el ceño fruncido y los labios apretados.- ¿Qué te pasa, estas bien?

-Pues no, no estoy bien. Y no quiero hablar de ello. Me voy a la cama.

-¿No quieres cenar? Juana ha hecho roast-beef.

 

Mientras hablaba me acerqué a él para ayudarle a quitarse el abrigo. Al tocarle, se volvió hacía mi y me sujetó por los brazos zarandeándome.

 

-¿Eres tonta? No te das cuenta de que no quiero nada, ¡entérate de una vez!, no quiero nada de ti, nada de nada, ¿me oyes?

 

Seguía sacudiéndome. Entonces lo sentí venir, como siempre la vista se me nubló, es lo primero que noto, y luego todo lo demás, el corazón se me desbocaba y perdí el habla. Pero al tiempo y debido al aumento espectacular de adrenalina, mi fuerza aumentaba por momentos, lo sentía en todo el cuerpo, y mi agilidad también, sin embargo la razón se me perdía y no podía pensar.

 

Peter me miró a los ojos y lo que vió en ellos cambió su expresión. Pero no me soltó.Con un grito me solté yo misma al tiempo que le empujaba, fue trastabillando hasta caer sentado en el suelo, pegándose en la cabeza con el quicio de la puerta. Se quedó allí, sin levantarse, con la mano en la cabeza acariciándose el lugar donde se había golpeado. Me miraba extasiado, como si hubiera visto hablar a un perro.

 

-¿Te das cuenta de lo que has hecho?

 

Reaccioné a sus palabras y me moví hacia él, cogiendo al pasar una botella de vino que estaba sobre la mesa del comedor, donde Juana había dejado todo preparado para la cena. Blandía la botella por encima de mi cabeza según me acercaba a Peter, este se levantó al ver que me acercaba y fue retrocediendo de espaldas y con el miedo pintado en el rostro.

 

-¿Qué haces…, se puede saber qué te propones?

 

Yo seguía sin poder hablar y sin poder ver con claridad, solo la fuerza de la ira me impulsaba, y realmente no sabía que me proponía. Tal vez matarle.

 

 Cuando vió que no me paraba, se dió la vuelta y corrió al dormitorio donde se encerró. Oía su voz a través de la puerta mientras la golpeaba con la botella, era un sonido estridente e histérico.

 

-¡Déjalo… por favor Laura… me asustas, no eres tú… lo siento, de verdad lo siento! ¡¡Qué te esta pasando!!       

 

Creo que me cansé de golpear la puerta, cada vez lo hacía con menos ímpetu. La puerta era de madera maciza y aguantaba bien mis golpes, además la botella se había roto y yo me encontraba con el gollete en la mano y cubierta de vino, sin embargo, continuaba dando porrazos con la otra mano convertida en puño. Según lo hacía, mi mente se iba aclarando y volvía a mí la razón. El ataque había pasado, por esta vez.

 

Me fui al otro cuarto de baño y me duché, me puse un camisón y me acosté en una de las camas de invitados, estaba agotada.

 

No oí abrirse la puerta del dormitorio en toda la noche.

 

Cuando me levanté Peter no estaba y no volví a verle hasta el día de la firma del divorcio. Se debió asustar mucho, y como buen abogado, supo cómo hacerlo todo para que yo estuviera contenta y jamás contara lo que había pasado y el miedo que eso le produjo. Su autoestima estaba muy dañada.

 

Yo, estos ataques, los considero una enfermedad, quizá, una enfermedad del alma.

 

He visitado psiquiatras que me han tratado durante años y que al final se han dado por vencidos y me han enviado a otros colegas suyos. Así he ido rodando de una consulta a otra, como la falsa moneda.

 

Ahora estoy sola, sigo con mi trabajo, veo a mi madre de vez en cuando, y a mi hermano Pepe siempre que viene a esta ciudad. No puedo decir que los accesos de ira hayan acabado pero he aprendido a no ponerme en las situaciones que los provocan, y no solo por los demás, mayormente por mi misma.

 

Es que son agotadores.