Héroes heteros y heterodoxos 

 

Resulta fascinante comprobar en cuantas ocasiones se nos pasan desapercibidas las sutiles semejanzas que vinculan a los más dispares personajes. Seres aparentemente sin la menor relación entre sí, quienes sin previo aviso, se abalanzan sobre nuestros circuitos neuronales revelándonos en frenético tropel la misteriosa mística que les vincula a todos ellos con el Universo.

En el caso que nos ocupa, con el universo de la noche y el más alto sentido del honor, ejercido heterodoxamente contracorriente frente a la absoluta incomprensión de la "sociedad normal".

Travis Bickle, el taxista que recorre las noches de Nueva York, contemplando desde el interior de su vehículo a una fauna de escoria amoral. El héroe solitario que regresa del Vietnam, directamente desde un universo paralelo regido por los valores eternos del sagrado Cuerpo de Marines hasta darse de bruces directamente en los morros, con la asquerosa realidad de una sociedad a quien luchaba por proteger a costa de su propia vida, y que durante su ausencia se ha convertido en un lugar que ya no reconoce como suyo. Incapaz de ser asimilado por el colectivo civil, incapaz de renunciar a su ética de guerrero, incapaz de aceptar el proceso de conversión a la "normalidad" degradante, Travis emprende su propio camino redentor de sí mismo y del absurdo que le rodea. Es un camino a ninguna parte, un viaje sin destino, una guerra de mil batallas que no pueden ganarse. Todas a excepto de una sola: la batalla por conservar la integridad y la dignidad de su propia alma.

Tras una orgía de sangre y violencia, nuestro antihéroe resucita en la cama de un hospital redimido a sí mismo y redimiendo a la sociedad quien ahora le admira y reconoce como ejemplo individual exhibido ante la náusea.

Su bizarría "friky" no fue en vano.

Oskar Schlinder: nacionalsocialista, hedonista epicúreo, mujeriego y millonario.... ¿Se puede ser más anticristo de progreso? Ni queriendo se podría insultar más a los sacramentos de lo políticamente correcto.

En medio del infierno creado por el nihilismo de la Alemania nazi, un solo hombre bueno salva a 1.300 judíos del horno crematorio, navegando discretamente entre las procelosas aguas de la jerarquía del Partido, jugando con sus propias reglas de juego, sus planes de producción y una burocracia tan inmisericorde como efectiva. Y todo ello sin disparar un solo tiro, sin levantar la voz, sin dar un grito, sin perder ni la sonrisa ni la elegancia. Porque teniendo todas las papeletas para ser un mounstro, fue un santo, por ello se merece un lugar de honor en nuestro santuario de heterodoxos.

 

José Blanco: gallego rural, iletrado, con dificultad oral para vocalizar correctamente, seminarista, sin estudios superiores ni profesión reconocida. ¿Puede imaginarse peor punto de partida para alcanzar los más altos destinos en la vida política española? Difícilmente. Al menos a nos no se nos ocurre.

Sin embargo, al igual que el resto de nuestros héroes diferentes, marcado por unas circunstancias adversas en grado extremo, y careciendo de toda virtud, ideal o signo de belleza externo que pudiera apoyarle, sabe arrebatar el timón del poder a los jerarcas hereditarios de la derecha, para imponerse con rotundidad al frente del Partido y alzarlo a la más elevada cota electoral que jamás conoció en nuestra historia. José Blanco emerge desde la nada más absoluta y arrojando fuera de su cuerpo los hábitos del Seminario Menor de Mondoñedo planta cara, desde su pletórica desnudez, a las dinastías del poder tradicional español, individuos soberbios y autosatisfechos de títulos universitarios, masters, idiomas y generaciones precedentes de esmerada higiene bucal, para aplastarlos como un pequeño David, armado solamente con su astucia e insolencia.

Ciertamente, cualquier otra persona normal, en su sano juicio, consciente de las propias incapacidades y limitaciones hubiera renunciado siquiera a soñar con un destino profesional semejante. Pero la fortaleza de carácter es precisamente lo que diferencia a los héroes de los cobardes: José Blanco se aparta del camino lógico que el sector de la Hostelería le tenía preparado, para autopromocionarse a la más alta jefatura del Partido (y por tanto del Estado) aplastando millones de currículums en su ascensión irrefrenable hasta el éxito. Se trata ni más ni menos que del Triunfo de la Voluntad, el triunfo del que nos habla la gran Leni Riefensthal en su obra maestra. El triunfo de la mente sobre el sentido común y la lógica. El triunfo de un superhombre desprovisto de otra virtud que no sea su propia ambición, victorioso sobre toda racionalidad caduca y que desde la atalaya pública se autoensalza y se muestra como ejemplo orgulloso para generaciones venideras con hambre de superación. Gracias a su valor, hoy podemos contemplar como cientos de miles de jóvenes, al verle tartamudear en la televisión mientras deja brillar melosamente sus característicos hilillos de baba por las comisuras de sus carnosos labios, tiran a la basura sus libros de la ESO y se preparan en los botellones para un futuro mejor. Porque saben que si José Blanco lo ha logrado, todos podemos lograrlo.

Porque teniendo todas las papeletas para ser un idiota, se convirtió en un dios todopoderoso, ábranse las puertas de nuestro santuario de hombres extraordinarios.

Su valiente sacrificio no será en vano.

Gloria a nuestros héroes heteroheterodoxos.